Floridablanca – Santander
Febrero 9 de 2011
Colombia, mi querida Colombia, se caracteriza por ser un
estado social de derecho, un estado laico, fundado en el respeto por las
libertades individuales que no van por encima del bien común. Es aceptada la
diferencia de pensamiento y de credo, se reconocen los derechos y se respetan
los deberes, la dignidad humana va por encima de cualquier forma de
discriminación. Aún así, muchas de estas cosas “no pasan por el culo”, como si
el culo fuera impermeable a todo esto.
Empecemos por aclarar que la laicidad es “una cualidad de la
sociedad, el estado o las instituciones que actúan de manera independiente de
la influencia de la religión y de la Iglesia” según la Real Academia de la
Lengua Española. Siguiendo este orden de ideas, siendo nuestro país un estado
laico y basado en los principios de separación iglesia-estado, toda esta
cátedra de libertades y reconocimiento de derechos debería pasar por el culo.
¿Por qué no lo hace? ¿Es acaso el culo un instrumento tan poderoso que puede
contra todo el aparato gubernamental que quiere reconocerlo y dejarlo que haga
de el mismo una pajarera si quiere? No, no es tan poderoso.
Lo que sí es poderoso, más poderoso que todos los culos gay
unidos de Colombia, es la Iglesia, especialmente la católica, de la cual el
estado se separó “de mentiritas”. ¿Cómo sabemos esto? Sentido común queridos y
queridas, la realidad nacional dice mucho por sí sola, no hay que leer más
allá. La religión ha entablado una férrea guerra contra los derechos sexuales y
derechos reproductivos de todos y todas, no sólo en tiempos pasados, aún hoy.
Por todos es conocido quela Iglesia católica se ha pronunciado en contra de las
mujeres y personas de sectores LGBTI en reiteradas ocasiones, y aún en contra
de las libertades sexuales responsables de personas heterosexuales. El Papa
dijo en una ocasión que no se deberían utilizar los condones, pues no sirven
para nada. Muchos grandes y destacados jerarcas nos han llamado abominaciones,
se oponen a que tengamos los mismos derechos de las personas heterosexuales.
Casualmente, solo casualmente, el estado ha manejado muchos de estos mismos
argumentos y se ha opuesto casi con la misma determinación a reconocernos como
ciudadanos de primera categoría.
Son muchos los funcionarios públicos quienes imparten
instrucciones y emiten comunicados, decretos, leyes o cualquier otra forma en
la que utilicen su poder, con biblia en mano. El Procurador General de la
Nación es su mayor abanderado, quien es un incansable en el momento de enviar
horda tras horda de argumentos bíblicos fundamentalistas para evitar a toda
costa que se lleve a cabo algún acto en contra de la voluntad de Dios.
Pero bueno, cada quien puede creer en lo que quiera, por eso
estamos en un país que respeta la libertad de credo religioso. Si, puede creer
en Dios, leer la biblia todos los días, recitarla si quiere, pero es que
Monseñor Procurador es un funcionario público y por mucha que sea la devoción
que le profesa a su fe, sus creencias no pueden afectar ni influir sobre su
actuar profesional. Esto nos lleva a la raíz del problema: la incapacidad del
estado para “poner en su lugar” a sus propios funcionarios y exigirles que
respeten los principios de laicidad y separación iglesia-estado que rigen a
Colombia. En muchas ocasiones, esto se da por complicidad, porque muchos de
ellos mantienen su “incorruptible moral” y sus bolsillos llenos.
¿Qué nos queda? Ser nosotros quienes exijamos a los
funcionarios públicos que nos sean respetados y se nos garantice el ejercicio
de nuestros derechos sexuales y reproductivos. Es mi cuerpo, es mi culo, son
mis tetas, yo tengo libertad para vivir mi cuerpo responsablemente, porque es
mío, no del estado o de Dios. Bien lo expresa PROFAMILIA en su portal web: ¿Si
a los hombres y mujeres como ciudadanos y ciudadanas les es permitido decidir
el destino de sus países, cómo se les puede privar de tomar decisiones acerca
del destino de sus cuerpos?
Eso es exigible, porque no importa cuál sea la preferencia
de cada quien, pero el enfoque de derechos es transversal a las políticas del
estado y al cuerpo, incluso al culo.
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