Uno de los enigmas más intrincados de la antropología es la
definición de una palabrilla que todo mundo utiliza, pero cuyo significado
nadie sanciona con exactitud: la cultura. Los científicos humanistas y sociales
han tratado de conceptualizar su contenido desde el siglo XVII y después
de tres siglos de disputas acaloradas y
guerras bibliográficas con libros arsenalizados, esas siete letras siguen
ensanchando un significado que parece compartir el inacabado destino de la
basílica de la sagrada familia en Barcelona.
En el año 2002, protagonizando un atrevimiento necesario, la
UNESCO definió ese termino de la siguiente forma: la cultura debe ser entendida
como un conjunto de características espirituales, materiales, intelectuales y
emocionales distintivas de una sociedad o grupo social, y comprenden, en
adición al arte y la literatura, estilos de vida, formas de vivir juntos,
sistemas de valores, tradiciones y creencias” (UNESCO. 2002. Declaración
Universal de la Diversidad Cultural).
Teniendo en cuenta ese concepto y obedeciendo al santo no
beatificado de todos los sociólogos colombianos: el señor Orlando Fals Borda,
es imposible equiparar la cultura dentro de un complejo de normas, sin importar
su naturaleza; ya que esta es una expresión del ser y de la influencia (o
debería decir peso) social del medio que le rodea. Por lo mismo el termino
incultura es totalmente improcedente, cualquier comportamiento humano responde
a unas características culturales, sin importar si está sujeto a los paradigmas
y normatividades legal o moralmente constituidas.
Han pasado 42 años desde que el mundo conoció la revolución
de las locas de Stonewall, ese primer intento por gritar que la cultura en sí
no solo es indefinible, sino que además esta fraccionada en diversos
prototipos, casi infinitos; que tienen
modos de manifestarse que tal vez escapen a la comprensión de la mayoría, pero
que mientras no trasgredan el derecho colectivo, nada debe coartar sus
libertades de expresión.
Cuatro décadas de aquel avance y seguimos cogiendo impulso dando pasos hacia
atrás, de eso me convenzo al ver la invitación a la marcha de la ciudadanía
LGBT de la capital del país. Por eso hoy
me pregunto: ¿Quién erigió a la mesa LGBT de Bogotá y mas precisamente al señor
Mauricio Herrera, árbitros de la ética, la moral y la decencia del resto de sus
congéneres?
Después de esta invitación, que se asemeja a un pliego de
requisitos para acceder a un exclusivo club social, me sorprende el cinismo que
carga la frase con que se despide la invitación “Somos una familia de mil
colores” Resulta paradójico, que siendo la marcha del orgullo el prisma, que
desdobla la luz blanca, a esta se le estén trastornando las tonalidades.
Personalmente, no utilizaría un desnudo como instrumento
político ni de protesta, no soy partidario de las formas de expresión
efusivas y no apoyo, ni he
consumido nunca una droga
psicoactiva; pero soy consciente de que
es imposible ofrendar un ejercicio de libertad bajo restricciones. La
transgénero tienen derecho a exhibir el cuerpo que han construido como les
plazca, los Exhibicionistas deben tener la libertad de propugnar su derecho a
la libertad sea de forma artística, estrafalaria, indecente o vulgar. Y
teniendo en cuenta que dentro de nuestro sector hay numerosos partidarios de la
legalización de las drogas, cuya prohibición conciben como una restricción a su
libertad, solo la autoridad civil, sujeta en la ley tendría potestad de restringir
las mismas.
Y acompaño ese lema con el cual tratan de enfatizar sus
pretensiones, aquello de: “a uno lo tratan como lo ven” y es que sin importar si eres el maricón más
plumífero, la lesbiana más tracto mulera, la transgénera más exhibicionista o
el protestante más efusivo y grotesco, te precede una condición mas relevante:
La de ciudadano Colombiano, sujeto de derechos y al que la ley le permite
expresarse libremente; esa es la ÚNICA forma en que nos deben ver A TODOS Y
TODAS. Así que es hora de revisar nuestras bases porque para promover un
activismo LGBT bajo complejos heteronormativos y con principios conservadores,
mejor no perdamos la caminata y nos quedémonos en nuestras casas.
Ah, y si están pensando que contradigo mis críticas al
desfile de la guacherna gay en Barranquilla, les explico que están equivocados.
Una cosa es una marcha orientada a la reivindicación de derechos donde la
intencionalidad política está claramente definida y desde hace años… y otra es
un desfile carnavalesco donde la falta
de opinión, compromiso ideológico y político son el común denominador.
Y feliz orgullo para todos, Ojalá lo celebren con los
calzones que les plazca

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